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«Grecia es como Afganistán»

Los padres de Samira se casaron por amor, algo nada habitual en su país: Afganistán. Su madre era pastún (musulmanes sunitas) y su padre hazara (musulmanes chiitas), dos grupos étnicos opuestos y enemigos. Las consecuencias del amor de sus padres lo pagaron Samira y sus hermanos, quienes vivieron toda su vida una guerra cruzada entre familiares. La misma Samira fue violada por su tío cuando tenía 6 años. Es un recuerdo que todavía le causa efectos traumáticos.

Samira se casó y en 2012 tuvo a su primera hija en su pueblo de Qarabagh (200 kilómetros al sur de Kabul). A los pocos meses, ella y su marido tuvieron que tomar la decisión de huir a Irán. La persecución de sus familiares paternos y maternos se hizo demasiado dura de soportar y, por supuesto, también estaba la guerra.

En Afganistán siempre hay guerra

Pasaron 6 años en Irán, donde tuvo a sus otros dos hijos, pero la discriminación y la persecución no cesaron, esta vez por parte de la sociedad y el Gobierno. De modo que decidieron intentar llegar a Europa, pasando primero por Turquía. Tenían dinero suficiente para ir a Italia en un barco grande con otros refugiados, evitando así la tan temida Grecia. Pero su plan se truncó cuando el contrabandista en el que habían confiado se llevó todo su dinero. A partir de aquí, todo se volvió más oscuro.

Cuanto más lejos llego, más empeora todo

Samira fue a denunciar el robo a la comisaría, pero la policía, en vez de ayudarla, la metió en prisión. Y con ella, también a sus hijas de 7 y 4 años, y su niño de 2 años. Durante 11 días la separaron de sus hijos y sufrió abusos y palizas por parte de la policía de prisión. Eso fue solo el inicio. Después de los días de aislamiento, ella y sus niños fueron trasladados junto al resto de prisioneros: ladrones, asesinos, traficantes y terroristas del Estado Islámico.

Las personas tenían también ahí a sus hijos. Todas las mujeres que había eran de DAESH. Fue muy duro

Su marido, que no había ido a denunciar, pudo pagar a un abogado para sacar a su mujer y sus hijos de la cárcel turca. Después de dos meses y medio, Samira y sus hijos quedaron en libertad. Pero, nada más salir, el mismo contrabandista que les había robado les amenazó seriamente ya que enteró de que le habían denunciado. Así que tuvieron que acelerar sus planes y salir cuanto antes de Turquía. Solo les quedaba una opción: Lesbos.

El 17 de julio de 2019, Samira, su marido y sus tres hijos se subieron a un bote junto a otras 9 personas. El mar ese día no estaba nada tranquilo. Después de casi 5 horas de travesía y con la costa de Grecia muy cerca, una ola casi tumbó el bote.

7 personas cayeron al agua. Yo también

El bote, por su parte, tenía tanta agua que empezó a hundirse. El peligro de morir ahí mismo era cada vez más real. Afortunadamente, un barco pesquero que se encontraba cerca los vio y los rescató. Solo unos minutos después de verse ante las puertas de la muerte, Samira y su familia pisaban por fin el tan ansiado suelo europeo.

Sin embargo, Samira nunca se hubiese imaginado que encontrar en Europa unas condiciones tan duras como las que vive ahora en el campo de refugiados de Moria.

Grecia (Lesbos) es como Afganistán… No hay luz, no hay agua, no hay descanso

Ahora Samira, su marido y sus tres hijos, viven en un espacio de unos 4 metros cuadrados en una tienda que comparten con otra familia. Es un lugar incómodo, pequeño y desprovisto de toda intimidad. Además, ellos no son musulmanes, lo que sin duda les puede traer problemas entre sus vecinos.

Quiero que mis hijos vayan a una buena escuela, que sean buenas personas y tengan una buena vida… No quiero que vivan lo que yo he vivido

 

Samira y su marido

Samira y su marido en el espacio en el que viven junto a sus tres hijos desde hace tres meses.